No soy mis diagnósticos: soy mi proceso.
28/12/2025

Vivir con diagnósticos cambia la forma en que miras tu cuerpo, tu tiempo y tu vida. Si pueden explicarse, pero no alcanzan a contar toda la historia.
Te invito a conocer desde mi experiencia personal sobre mi condición, como vivo con el dolor, lo que implica tomar decisiones difíciles y al final tener un rayo de esperanza.
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Tabla de contenido
Una historia personal sobre el dolor, la salud y la esperanza
La vida está llena de momentos hermosos y situaciones que nos hacen felices. A veces creemos que nada ni nadie podrá desviarnos del camino hacia los objetivos que anhelamos, hasta que, de pronto, la vida nos enfrenta a lo inesperado.
En el año 2010 comencé a sentir molestias en la columna, el cuello y la cabeza, junto con irritabilidad, llanto y una profunda sensación de soledad, todo acompañado de dolor, algo muy difícil de explicar.
Con el tiempo llegó el primer diagnóstico: el especialista me habló de una ligera escoliosis que, al parecer, no debería causarme ni mucho dolor ni otros síntomas; sin embargo, por un motivo inusual que ni yo ni el médico, me hacía más sensible de lo habitual, como si mi cuerpo reaccionara de una manera extraña a causa de esta escoliosis dorso-lumbar.
Con los años aprendí a vivir con los dolores de columna y cuello, aunque a pesar de ello nunca logré acostumbrarme del todo. En 2017 aparecieron otras señales: pequeñas molestias en la rodilla izquierda, chasquidos inquietantes, una sensación de ardor intenso y una inflamación constante que me recordaban que no siempre todo ocurre según lo planeado y que necesitaba ayuda urgente.
Más adelante, tras los primeros estudios de rayos X, también me diagnosticaron gonartrosis grado 1 o leve, cuando los síntomas apenas comenzaban.
Fue entonces cuando comprendí que incluso los diagnósticos fallidos y las dificultades forman parte del aprendizaje, y que cada uno puede convertirse en un maestro que nos invita a mirar nuestra existencia desde nuevas perspectivas.

“Cuando el diagnóstico no lo explica todo”
Mientras trabajaba en el sistema del Gobierno del Estado de Chiapas, acudí al médico pensando que mis molestias de rodilla eran pasajeras.
Sin embargo, después de varios estudios y de recibir un diagnóstico que me pareció trivial, debo admitir que me sentí ignorada. A medida que el dolor aumentaba, mi capacidad para rendir en el trabajo y que siempre había sido muy buena, comenzó a verse afectada.
Poco a poco, el dolor ya no aparecía solo en ocasiones: había días en que duraba apenas unas horas, y otros, los más duros, en los que persistía durante toda la jornada. Al final del día no solo salía con dolor y una sensación de inflamación en la espalda, sino que, sumado a eso, salía cojeando y, en algunas ocasiones, llorando por el dolor y la inflamación en la rodilla.
En dos ocasiones, durante el horario laboral, me llevaron a urgencias debido a la intensidad del dolor. Me realizaron estudios de rayos X de inmediato y, tras examinarlos, los médicos me aplicaron una combinación de varios analgésicos subcutáneos en el brazo. Mientras yacía recostada en la camilla, una doctora se acercó y me hizo una serie de preguntas acerca de mi trabajo y de mis actividades, tanto en casa como de manera profesional.
Ella me miró fijamente y me dijo, de forma directa y personal, que debería pensar en la posibilidad de cambiar de trabajo, porque mi cuerpo no toleraba ese tipo de estrés. Me explicó que el trabajo bajo presión era muy posible en mi condición y que, por ese motivo, no lo toleraba bien. Mi caso era diferente, me aclaró.
Me habló con mucha seriedad y me dijo que, si deseaba tener hijos en un futuro, debía llevar un control y seguimiento de terapias, una forma de preparar a mi cuerpo para poder tenerlos, ya que sería un embarazo bastante doloroso y delicado.
Aunado a esto, la doctora me dijo que debía tener más días de relajación y tranquilidad; me aclaró que el ser muy joven y verme sana no significaba que realmente lo estuviera, y que eso no me hacía menos persona, pero tampoco debía abusar de lo que mi cuerpo me pedía: descansar.
En ese momento tenía siete años laborando en el sistema del Gobierno de Chiapas. No podía pedir incapacidad para siempre ni de vez en cuando, mucho menos solicitar una jubilación por incapacidad médica, porque el problema era que – clínicamente el diagnóstico era de un nivel mínimo, pero mis síntomas eran sumamente altos, fue una etapa muy complicada y dolorosa, era muy difícil explicar mi situación.
Necesitaba enfrentar la verdad: el sistema muchas veces subestima el sufrimiento, y esto ocurre en todo el mundo. El verme muy joven hacía que no me sintiera comprendida; sentía que todos dudaban de mí y pensaban que fingía para no trabajar lo suficiente. No era el trabajo de mis sueños, pero mi desempeño siempre fue muy bueno y destacado. Tenía un ingreso cuya pérdida me generaba tristeza, pues era utilizado para pagar mis colegiaturas y mis terapias privadas. En verdad fue una decisión muy difícil: tenía que sacrificar algo por un bien mayor.
Aun así, el apoyo emocional de mis jefes y compañeros fue una pieza fundamental. Ellos me brindaron valor y comprensión en mi difícil situación; esos pequeños gestos iluminaron mis días oscuros de cansancio y dolor. La empatía de todos me enseñó que hay bondad en el mundo y que, a veces, los lazos humanos son el mejor remedio.
Aceptar mis límites no fue sencillo, pasaron muchos años antes de poder aceptarlos, pero también abrió la puerta a decisiones que nunca imaginé tomar. Cuando el cuerpo pide pausa, a veces la vida empuja hacia el cambio.
En medio del cansancio, el dolor y las renuncias, apareció una oportunidad que, aunque llenó de miedo, también traía consigo la posibilidad de empezar de nuevo.

Un nuevo comienzo
Esta parte es muy interesante, por que cuando mi esposo me propuso la idea de mudarnos a la Ciudad de México por cuestiones de trabajo, me dio miedo y, al mismo tiempo, creí necesario hacer algunos cambios en mi vida. Era el momento indicado para dar el siguiente paso; había llegado el momento de renunciar.
Sin pensarlo demasiado, la oportunidad se presentó y con ella llegó también la posibilidad de un nuevo comienzo. ¿Que si tenía miedo? Claro que sí. Era un lugar diferente: el clima, las personas, el ambiente; y además no conocía a nadie. Ahora no estarían la familia ni los amigos, solo mi esposo y mis dos perritos, a quienes adopté y di amor como a mis propios hijos.
Al llegar, la belleza de la ciudad me envolvió. La vegetación era imponente; no imaginaba que hubiera tantos árboles, y un color en particular sobresalía entre sus ramas: el violeta. Con ello llegó una nueva etapa de descanso y reflexión. Este cambio también significaba abrirme a experiencias nuevas y, a su vez, aprender a aceptar mi condición.
Con el tiempo, mis dolores disminuyeron gracias a una vida más relajada, a la práctica de yoga, a ejercicios suaves y al descanso. Cada respiración profunda me ayudaba a reconectarme con mi cuerpo y a recordar que, incluso en medio de las tormentas, siempre existe un espacio para el autocuidado y la sanación.
Ese cambio no solo implicaba mudarme o modificar mi rutina, sino enfrentar con consciente aquello que siempre me había intimidado: confiar nuevamente en mi cuerpo. Quería sanar, fortalecerme y encontrar alternativas que me ayudaran a vivir con menos dolor, aun cuando eso significara enfrentar frustraciones y nuevos temores.

Había llegado la hora de enfrentar mis miedos
Tenía el deseo de entrar a natación porque no sabía nadar, y ese era uno de mis anhelos más grandes: aprender a nadar y, con la ayuda del agua, relajarme. Sin embargo, fue más difícil de lo que imaginé. Al parecer, todas las albercas de gobierno siempre están llenas por las mismas personas o funcionan por recomendación; solo con ayuda interna puedes ingresar. Yo no tenía a nadie y no me aceptaron.
¿Por qué decidí natación? La natación es uno de los deportes que, por excelencia, ayuda en los problemas de columna y, al mismo tiempo, en las rodillas y las piernas. Todos los músculos del cuerpo trabajan, pero con un impacto menor que los ejercicios realizados fuera del agua. Desafortunadamente, no me aceptaron debido a mi condición y me indicaron a qué unidad debía dirigirme, ya que ahí había personas especializadas para ayudar a pacientes con mis condiciones.
Así conocí el Centro Deportivo Villa Olímpica donde existen diferentes áreas, como atletismo, yoga, natación, entre otras. También cuenta con una Unidad Básica de Rehabilitación (UBR), ubicada cerca de las instalaciones de Perisur. Al llegar ahí, sentí un poco de esperanza. En esta área conocí a profesionales dedicados que intentaron ayudarme; sin embargo, la jefa de fisioterapeutas no me autorizó el ingreso a natación hasta que mostrara mejoría en mi rodilla y columna.
Después de revisar mis estudios, me dio un diagnóstico de artrosis entre la tercera y cuarta fase. Fue un momento desalentador para mí y no pude contener las lágrimas.
Creo que tuve alrededor de cuarenta terapias generales, entre hidroterapia y terapia física (ejercicios, compresas calientes, masoterapia, electroterapia, entre otros). Pero ni todas las rehabilitaciones posibles lograban ayudarme; cada vez empeoraba el dolor de rodilla y terminé usando bastón 🤷🏻♀️ Sí… fue el peor momento de mi vida. Me sentí cansada y derrotada al tener que utilizarlo; era el momento de buscar otras opciones.
Aun así, entendí que cada experiencia es única. A diferencia de mía, veía cómo muchas personas en esta unidad estaban mejorando, recordándome que cada camino es distinto y que, incluso en medio de la adversidad, hay historias de éxito a nuestro alrededor. Cada sesión de rehabilitación era una oportunidad para aprender, mejorar y crecer, no solo físicamente, sino también en la forma en que enfrentábamos juntos los desafíos diarios.
A pesar del esfuerzo y la disciplina, llegó un momento en el que comprendí que la voluntad no siempre es suficiente. Mi cuerpo seguía pidiendo respuestas más claras, y el dolor insistía en ser escuchado. Fue entonces cuando entendí que necesitaba ir más allá y buscar una explicación real, un diagnóstico que finalmente diera sentido a todo lo vivido.

En busca de respuestas
Finalmente, tras buscar ayuda médica, me dieron una referencia al Hospital General Ajusco Medio Dra. Obdulia Rodríguez Rodríguez, donde me asignaron a un traumatólogo a cargo, el Dr. Aguilar. Al verme, observó con atención que usaba bastón y, al notar mi edad, esto le llamó la atención. Luego de estudiar mis resonancias y realizarme una serie de preguntas generales, me dijo que el problema real no era el cartílago ni la artrosis, sino los meniscos de mis rodillas.
Me explicó que, dada esta condición, no era factible ningún tratamiento existente que me hiciera mejorar; mi diagnóstico fue menisco discoide, y la única opción posible para mejorar era mediante una cirugía artroscópica, acompañada de muchos ejercicios de rehabilitación. Aunque temía el procedimiento, lo veía como una luz al final del túnel.
En ese momento, mi miedo se convirtió en una oscuridad tan profunda. Me aterrorizaba la idea de saber que tendría que someterme a una cirugía y, al mismo tiempo, lo veía como una oportunidad para volver a ser la misma de antes.
La incertidumbre me acompañó durante todo el proceso y me ponía muy nerviosa, pero aprendí que, a veces, la valentía se encuentra en enfrentar lo desconocido y en tomar decisiones que transforman nuestra realidad para mejorar.

La cirugía marcó un antes y un después
Desde ese momento sentí que estaba en el camino correcto, que aquel inesperado proceso había llegado. Cada sesión en consulta, con la fisioterapeuta, en cada ejercicio y en cada lágrima que derramé, todo fue tomando forma. Tenía el apoyo de mi familia y estaba siendo atendida por un gran médico.
De pronto, como por arte de magia, todo se redujo al instante cuando iba camino al quirófano: tanto el traumatólogo, el Dr. Aguilar, como el anestesiólogo —quien hizo un trabajo extraordinario para que no sufriera ningún dolor — fueron fundamentales. Me aplicaron anestesia epidural y también anestesia por vía intravenosa o analgésicos subcutáneos. Fue la experiencia más terrorífica e importante de mi vida.
Todo lo que hicieron por mí, ayudó mucho a que no sintiera dolor en la columna, que era mi miedo más grande. El anestesiólogo fue, para mí, un verdadero ángel: me habló con suavidad al ver el miedo reflejado en mi rostro. Fue una pieza muy importante, porque me ayudó a no sentir dolor durante el procedimiento de la artroscopia y estuvo conversando conmigo en todo momento. Fue muy amable, y no puedo mencionarlo porque no volví a verlo y no recuerdo su nombre. Aun así, quisiera volver a encontrarlo algún día para agradecerle todo lo que hizo por mí. ☺️
Gracias a mis fisioterapeutas, 🎄 les deseo que hayan tenido una linda navidad y mis mejores deseos para este nuevo año que se avecina, a Karen, quien se encuentra en el área de Rehabilitación y Fisioterapia del mismo Hospital General Ajusco Medio Dra. Obdulia Rodríguez Rodríguez, y Beatriz que tiene un centro de Rehabilitación MOMENTOFisio, mi fisioterapeuta privada, quienes fueron personas de suma importancia durante todo el proceso de rehabilitación, y hoy, ahora, y siguen siendo personas de gran valor para mi. Te dejare en el apartado de Pide ayuda con diferentes contactos y direcciones de su gmail para que si alguien le interesa este tipo de rehabilitación, lo recomiendo ampliamente.
Cada avance me hacía darme cuenta de que la –recuperación no es una línea recta: tiene curvas y giros, pero lo importante era no rendirse.
Así, cada día se transformó en un pequeño reto y, al mismo tiempo, en un triunfo. Ambos cimentaban mi confianza y me recordaban que, a pesar de las dificultades, siempre hay algo por lo cual luchar. Y aunque los ejercicios dolían terriblemente después de la artroscopia, tenía que hacerlos sí o sí. De esta manera pude dejar a mi peor enemigo, mi bastón, que después de acompañarme en los peores momentos se convirtió en un querido amigo.
Hoy ya no uso bastón porque no lo necesito, pero de vez en cuando lo utilizo para recordarme que debo continuar con los ejercicios… y para que él no se sienta triste sin mí…☺️
🎁 La recuperación no terminó con la cirugía ni con la rehabilitación. Lo aprendido en ese proceso se convirtió en una nueva forma de mirar la vida, el cuerpo y el dolor. Hoy, para mi, la navidad significa una nueva oportunidad, un camino con dolor y algunas cicatrices, algunas visibles otras invisibles, entendiendo que sanar no siempre significa desaparecer el sufrimiento, sino aprender a vivir con él, desde un lugar más consciente y compasivo. ☃️
“Mis diagnósticos explican una parte de mi historia, pero no definen quién soy ni hasta dónde puedo llegar.”
Un agradecimiento y reconocimiento especial

Para dos personitas importantes y fundamentales en mi vida: mi esposo Carlos y mi sobrino Rolandito.🩷 Ellos fueron mi base, mi sostén y mi fuerza vital durante todo este proceso, desde el inicio hasta el final.
Tuvieron una paciencia inmensa conmigo, estuvieron a mi lado cuando más los necesité y supieron acompañarme incluso en los momentos más difíciles. Lidiaron conmigo en todo momento, siempre desde el amor, la comprensión y la entrega.
Rolandito es mi sobrino, quien, después de concluir su carrera en Ingeniería en Sistemas Computacionales y antes de mi artroscopia, decidió mudarse con nosotros para apoyarme durante la rehabilitación. Es una persona callada y serio si no lo conoces, pero conmigo habla mucho e ilumina mis días.☺️
Tiene un corazón enorme, es sumamente educado, respetuoso y una bellísima persona en todos los sentidos. Alguien que, sin duda alguna, se ha ganado nuestro respeto y admiración. Hoy puedo decirlo con orgullo: ya no es solo nuestro sobrino, es nuestro propio hijo.
Después de reconocer a quienes han sido mi sostén más cercano, quiero cerrar estas líneas con una reflexión desde el corazón, mirando hacia un nuevo comienzo.
Reflexión y esperanza para este año nuevo 2026

¡Espero que hayan pasado una Navidad en paz y les deseo, de corazón, un año 2026 lleno de metas, salud y esperanza!! ✦︎ °˖
Para mí, estas fechas fueron distintas. No hubo luces ni celebraciones; el duelo por la ausencia de mi mamá y de mi sobrino sigue pesando profundamente. Aun así, aquí sigo. Con días difíciles, con dolores físicos y emocionales, pero eligiendo continuar.
He aprendido que la recuperación no es un camino fácil y que la actitud y la fortaleza interior se convierten en grandes aliados cuando se vive desde la aceptación.
✦︎ Si hoy estás atravesando un momento complicado, recuerda que incluso en el silencio y en la sencillez también puede existir esperanza. No camines solo.
✦︎ Pedir ayuda no te hace débil; al contrario, es un acto de valentía, y hoy incluso puedes hacerlo de manera anónima si así te sientes mejor. En México existen varias redes de apoyo. ¡No tengas miedo!.
- La linea de la vida: 800 911 2000, disponible 24 hrs/7 días a la semana, para apoyo y asistencia.
- Llama al 911 en caso de emergencia.
- Manda a ConTacto Joven la palabra: mensaje al 55 7211 2009 para recibir información y noticias sobre sus programas y servicios.
✦︎ Si crees en un ser superior, aférrate a la fe, a aquello que te sostenga y te dé calma. Y si hoy dudas de ti, déjame decirte algo con total certeza: si yo pude seguir adelante, tú también puedes, no es fácil, cansa mucho pero vale la pena intentarlo.
˗ˏˋ ★ ˎˊ˗
✦︎ Recuerda que la edad solo es un número y las circunstancias no definen tus límites; la actitud y la confianza nacen en la mente y no tienen fronteras, no tienen límite, son infinitas.

Quiero compartirte tres ejemplos de grandes mujeres que me inspiraron profundamente y que, espero, también te ayuden a cambiar esa mentalidad de que no puedes, que ya estas muy grande o que esa cosas no son para ti. Te invito a seguir luchando y a mantener viva la automotivación, incluso en los momentos más difíciles. “Las mujeres también somos fuertes”.
https://www.instagram.com/adriana_macias_oficial https://www.youtube.com/c/AdrianaMac%C3%ADas
Con mucho cariño para ti, y un abrazo en la distancia 🩷

